Estado de miedo by Michael Crichton

Estado de miedo by Michael Crichton

Author:Michael Crichton
Language: es
Format: mobi, epub
Published: 2009-02-23T00:00:00+00:00


PARQUE ESTATAL DE MCKINLEY

LUNES, 11 DE OCTUBRE

10.00 H.

Era una mañana clara y soleada, aunque unos negros nubarrones amenazaban por el norte. En el parque estatal de McKinley la escuela secundaria Lincoln celebraba su salida anual. Había globos atados a las mesas, las barbacoas humeaban y unos trescientos niños acompañados por sus familias jugaban en el prado junto a la cascada lanzando frisbees y pelotas de béisbol. Otros jugaban en las orillas del cercano río Cavender, que serpenteaba plácidamente a través del parque. El río bajaba con poca agua en esos momentos y había en las márgenes playas arenosas y pequeñas charcas entre las rocas donde chapoteaban los niños de menor edad.

Kenner y los otros habían aparcado a un lado y observaban.

—Cuando el río se desborde —dijo Kenner—, se llevará todo el parque y a la gente que hay en él.

—Es un parque muy grande —repuso Evans—. ¿De verdad se desbordará hasta ese punto?

—No hace falta mucho. El agua bajará turbia e impetuosa.

Quince centímetros de agua rápida bastan para derribar a una persona. Luego resbala y no puede volver a levantarse. El agua arrastra rocas y restos; el barro la ciega, se golpea contra algo, pierde el conocimiento. La mayoría de los ahogamientos se producen porque la gente intenta atravesar cauces pocos profundos.

—Pero quince centímetros...

—El agua lodosa tiene mucha fuerza —explicó Kenner—.

Quince centímetros de barro arrastran un coche sin mayor problema. Pierde tracción y se sale de la carretera. Ocurre continuamente.

A Evans le costó creerlo, pero Kenner hablaba de una famosa riada de Colorado, la del Big Thompson, donde murieron ciento cuarenta personas en cuestión de minutos.

—Los coches quedaron aplastados como latas de cerveza

—añadió-o El barro arrancó la ropa a la gente. No te engañes.

—Pero aquí —adujo Evans, señalando hacia el parque—, si el

agua empieza a subir, habrá tiempo suficiente para salir...

—No, si es una riada. Aquí nadie se dará cuenta hasta que sea demasiado tarde. Por eso vamos a aseguramos de que no hay riada.

Consultó su reloj, alzó la vista para observar el cielo cada vez más oscuro y luego regresó hacia los coches. Había tres todoterrenos en fila. Kenner conduciría uno; Sanjong llevaría otro, y Peter y Sarah irían en el tercero.

Kenner abrió la puerta trasera de su vehículo y preguntó a Peter:

—¿Tienes un arma?

—No.

—¿Quieres una?

—¿Crees que la necesito?

—Es posible. ¿Cuánto hace que no vas a un campo de tiro?

—¿Pues... bastante tiempo? —En realidad Evans no había disparado un arma en su vida y hasta ese momento se había enorgullecido de ello. Movió la cabeza en un gesto de negación. No soy muy aficionado a las armas..

Kenner tenía un revolver en las manos. Había abierto el tambor y estaba examinándolo. Sanjong, alIado de su todo terreno, comprobaba un rifle de aspecto malévolo, con la culata de color negro mate y mira telescópica. Actuaba de manera rápida y experta. Un militar. Con inquietud, Evans pensó: «¿Esto qué es? ¿El OK Corral?».

—No hay problema —dijo Sarah a Kenner—. Yo llevo un arma.

—¿Sabes usarla?

—Claro.

—¿Qué es?

—Una Beretta de nueve milímetros.

Kenner negó con la cabeza.



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